Las complejidad psicológica de las “familias ensambladas”


familias ensambladas

Divorcio, nueva pareja, hijos en común… Las nuevas uniones poseen una complejidad psicológica que hay que tener en cuenta para que los niños no sufran. 

La integración en una nueva familia se realiza paso a paso, con dificultades diferentes según se esté atravesando la crisis edípica, que va desde los tres a los seis años; la fase de latencia, desde los siete a los 12; o se esté iniciando la adolescencia.

Hay que establecer un nuevo marco de relaciones y renunciar a algo de lo propio para vivir con el otro y con sus hijos. Si los celos y la rivalidad fraterna son moneda corriente en la familia de origen, la incidencia de estos sentimientos tendrá un mayor impacto en estas nuevas familias.

Los hijos de cada uno tienen que aprender a compartir con los otros espacios y proyectos familiares.  Tanto para el niño como para el adolescente, su habitación es un lugar privado en medio colectivo. Ofrece un terreno privilegiado para la intimidad. Por todas esas razones, es un lugar difícil de compartir. Por otro lado, convivir con el hijo del padrastro o la madrastra, con los que no existe ningún vínculo de sangre, es más fácil que compartir la vida con uno o varios hijos del mismo padre o de la misma madre. Un hijo único que se convierte en el primogénito dentro de una familia reconstruida sufre algunos conflictos emocionales.

Cuando se anuncia un segundo hijo de su padre o su madre con otra pareja, a los sentimientos de celos clásicos que afectan a todo niño, se suma el de pertenecer al pasado conflictivo de sus padres. Los hijos de ambos miembros de la nueva pareja han participado de otras reglas, valores y costumbres: de otro orden familiar, en suma. Si bien los nuevos cónyuges realizan ese esfuerzo adaptativo de forma voluntaria, a sus hijos no les resulta fácil adaptarse a las nuevas modalidades. Si cambian sus costumbres, no lo harán con agrado; si lo hacen, será motivo de conflicto. Hay que darles un tiempo.

Algunas personas, cuando forman una nueva familia, niegan lo que sienten sus propios hijos. Dan por supuesto que querrán desde el principio a aquel o aquella de quien se han enamorado. A veces se lo piden como si fuera algo natural que quieran del mismo modo a los hijos de esa nueva pareja, con los que conviven, mientras que a sus hermanos o a su padre solo lo ven esporádicamente. Pero se engañan. 

‘Hacer juntos’

Un hijo separado de su padre como consecuencia de un divorcio necesita tiempo para sentirse seguro en el nuevo orden familiar. Requiere comprobar que su padre o su madre no lo abandonarán, que los va a poder ver cuando los necesite. Tiene que poder resolver los celos que sufre en relación a los hijos de la nueva pareja. El comportamiento de los progenitores desempeña un papel importante en el arte de vivir bien en el seno de una familia reconstituida.Tienen que organizar periodos de reagrupamiento, a fin de unir a una comunidad de hermanos rota. De este modo promoverán el sentimiento de pertenecer a un grupo y harán nacer en los niños las ganas de estar juntos.

La frecuencia de los contactos entre ellos es lo que les da la sensación de tener relaciones continuadas. La comida, por ejemplo, es un momento importante, simboliza compartir tiempo y conversación. Los nuevos padres deben tratar de defender esos espacios comunes y dedicarlos a los niños. Todos pueden encontrar en esos momentos la oportunidad de interrelacionarse y colaborar.

Los hermanastros tienen la sensación de pertenecer al mismo grupo fraterno si comparten momentos importantes de su infancia. Crecer juntos, hacer progresos uno al lado del otro, recibir la misma educación, cimenta una relación fraterna. Cuanto más pequeños sean los niños en el momento de conocerse, más momentos compartirán y más posibilidades tendrán de instaurar entre sí una verdadera relación. Y a la inversa: cuanto más tarde se conocen y más años se llevan, menos fuertes y sólidas serán esas relaciones. Esas uniones se forman en la primera infancia, cuando la capacidad de elaboración psíquica es débil, cuando el “hacer juntos” es importante.

 

Evitar errores

NO ES REALISTA suponer que van a aceptar de entrada y sin recelo a la nueva pareja ni a los nuevos hijos que vengan. 

– Los afectos de rivalidad y odio hacia aquel al que pueden ver como un competidor son normales y no deberían ser censurados. Es bueno que los expresen. Después de escucharlos, conviene decir que entendemos sus recelos, pero con el tiempo comprenderán que no van a perder nada importante y sí pueden ganar más relaciones y amores.

-Los hijos pueden intentar boicotear a la nueva pareja. Por ello es determinante la actitud fi rme del padre o la madre, explicando que su elección no está sujeta a sus deseos. A la vez hay que aclararles que no va a alterar el amor que tiene hacia ellos.

Fuente:  Las complejidad psicológica de las nuevas uniones — Mujerhoy.com –

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